Un compromiso conmigo mismo

Después de la reunión me quedé charlando con este hombre de Sevilla sobre un posible proyecto para hacer el año que viene y también sobre estas dinámicas en las que entramos a veces de currar en exceso hasta llegar al punto de tener la sensación de no estar disfrutando de la vida.

Como sabes, yo ya venía pensando en ello un tiempo atrás, pero esta conversación me convenció definitivamente de que no merece la pena trabajar tanto, y de que si tan “listo” soy, debería aplicar algo de esa inteligencia en trabajar no más, sino mejor. 

Eso, curiosamente, empieza por no tomarse el trabajo tan en serio. Porque incluso aunque yo sea un privilegiado al que su trabajo le encanta, el trabajo es sólo una parte de mi vida y, como tal, sólo debe ocupar una parte de mi tiempo, NO casi todo mi tiempo como ha venido ocurriendo en los últimos meses.

Todos tenemos una excusa para trabajar más. Yo soy el rey en eso porque mi situación personal es bastante complicada y “me empuja” cada día a trabajar más y más como forma de conseguir darle la vuelta a los errores del pasado, pero la triste realidad es que no está funcionando.

Trabajar sin descanso realmente no me llevará antes a donde quiero. Lo que sí me llevará a eso es tomar la decisiones adecuadas en cada momento, para lo cual necesito estar descansado y feliz, de modo que mi coco funcione perfectamente.

Así que he llegado a un compromiso conmigo mismo: cada día tendré un tiempo limitado para trabajar y no trataré de alargar ese horario artificialmente para compensar mi falta de concentración o de inspiración, y si el día termina sin haber cumplido los objetivos, simplemente me aguantaré, daré ese día por terminado (que no por perdido), seguiré con el resto de cosas de mi vida y ya me preocuparé de estar más “centrado” al día siguiente.

Sin más. Sin remordimientos. Aceptando que, me guste o no, esa es la forma natural de avanzar.

 

Simplificando

Hacía tiempo que venía arrastrando el dilema de si tener mi blog personal totalmente separado de la página de mi empresa o, por el contrario, tener ambas cosas como secciones separadas bajo un mismo sitio web, así que coincidiendo con ciertos cambios recientes en mi vida que me han obligado a congelar mis proyectos prioritarios para atender “asuntos internos”, he aprovechado para ocuparme por fin de esta cuestión.

Y la conclusión a la que he llegado es que es mejor simplificar y tener un único sitio en vez de dos, pues la única razón por la que me gustaba la idea de tener mi blog personal separado de la página de mi empresa era la de no proyectar una imagen de empresa “unipersonal”, algo que hasta hace no mucho yo mismo pensaba que era poco profesional. Por suerte, he comprendido que la profesionalidad “real” no es cuestión de apariencias, y rectificando estoy.

Xeleh Software es exactamente eso que intentaba no parecer: una pequeña fábrica de software llevada por un tipo (yo) que programa desde los 7 años y que por alguna razón sigue empeñado en la idea de que este mundo puede mejorarse mejorando la calidad del software que lo mueve. Eso es y eso quiero que siga siendo.

Así que con esa idea más clara que nunca he fusionado los dos sitios aquí en tumblr y de paso me he preocupado de tocar un poquito el código del “theme” para limpiarlo y para implementar cosas como un soporte básico para multi-idioma (ahora queda traducir los posts al menos al inglés) o que esto se pueda leer decentemente (o sea, sin necesidad de tener que estar ajustando el zoom) también en tablets y móviles de los de hoy en día.

Poco más que contar por ahora. Me voy a tomar un descanso de unos días para seguir atendiendo asuntos internos, pero después me he propuesto volver con una buena entrega de posts sobre los trabajos que he hecho a lo largo de mi vida y cuya lectura espero que os resulte entretenida. Stay tuned.

 

No debes estar haciéndolo tan bien

Solías ganar. Solías sentirte un escalón por encima. Siempre pensaste que ese éxito debía tener una explicación, que no podía ser casualidad. Mejores genes, quizás un talento innato que sólo tú tenías. Fuese lo que fuese, te sentías especial.

Nunca se te ocurrió pensar que simplemente estuviste haciendo lo que tenías que hacer durante el suficiente tiempo como para llegar a ser bueno en todo aquello en lo que destacabas. Por eso, un día olvidaste el valor del esfuerzo y te acabaste durmiendo en brazos de esa supuesta superioridad. No tardarían en alcanzarte.

Las excusas te sirvieron al principio, pero después llegarían las primeras “grandes” derrotas y con ellas el necesario baño de humildad que te ayudaría a comprender poco tiempo después (y coincidiendo “casualmente” con tu salida del nido), que sólo habías sido un tuerto más en el país de los ciegos.

Pero aquella revelación fue tan necesaria como desagradable te pareció entonces. Te permitió comprender todos aquellos consejos que despreciaste cuando eras joven, te hizo sentir vergüenza al recordar la soberbia que demostraste en algunos momentos, y finalmente te hizo desear ser mejor que aquel que fuiste.

Desde entonces has aprendido muchas cosas. Hoy aprecias el valor del trabajo duro y sabes de sobra que no te puedes dormir en este mundo en el que nos ha tocado vivir, porque triunfar no va de nacer siendo un superclase ni nada parecido, sino de aprovechar al máximo tus capacidades. Va de esfuerzo y perseverancia. 

Pues por más que nos quieran vender otra cosa, no hay mayor ley que la de causa y efecto, y todo -absolutamente todo- lo que has logrado en la vida por ti mismo vino de la estricta observación consciente o inconsciente de dicha ley. Es así, y lo sabes.

Por eso, si en el pasado lograste grandes cosas a base de hacer lo que tenías que hacer, ahora que las cosas ya no marchan como te gustaría, quizás sea el momento de dejar de buscar excusas fuera y de comenzar a admitir que lo que ocurre es que (tú) no debes estar haciéndolo tan bien.

No lo lamentes… sólo empieza YA a hacerlo mejor.

En breve

No me equivoqué: el 2012 fue un año apasionante. Me pasó de todo un poco y lo viví con una intensidad que me llegó a recordar a tiempos mejores, por desgracia aún lejos de ser superados.

Sin arrepentirme, sí que hay cosas que habría hecho de otra manera. Una de esas cosas, la que vengo aquí a decir, es que debería haber leído y escrito mucho más.

Eso es lo que me gustaría solucionar en breve.

Objetivos

Tenemos el año nuevo a la vuelta de la esquina, así que supongo que es un buen momento para que hablemos sobre objetivos.

Como tantos otros, yo también tengo la costumbre de marcarme objetivos más o menos grandes al comienzo de cada año, y como ya no tantos otros, también tengo la costumbre de dejar mis propósitos escritos en forma de lista -suele ser la primera entrada de cada año en mi diario- para poder revisarlos y hacer balance de cuando en cuando.

Respecto a los resultados, debo confesar que hasta ahora ningún año me ha ido especialmente bien -en el sentido de no haber logrado nunca un alto porcentaje de objetivos cumplidos- sin que eso signifique necesariamente que en todo los casos haya hecho mal las cosas o que marcarse objetivos sea en sí una pérdida de tiempo.

Al menos en mi experiencia siempre ha resultado ser todo lo contrario. Creo que el mayor valor de este ejercicio está en que para hacerlo es necesario pensar “de verdad” en la dirección y sentido que le queremos dar a nuestra vida. Para mí, tener objetivos es la diferencia entre sentirme perdido o saber exactamente el motivo por el que me levanto cada mañana y hago ciertas cosas que igual en ese momento no me apetece hacer, pero que sé que son necesarias para alcanzar una meta mayor. Sólo por esa sensación de “propósito” que se obtiene, el esfuerzo ya merece la pena.

Balance

Volviendo a los resultados, debo decir que en la valoración que hago de los mismos al final de cada año intento no olvidarme de que sólo son la consecuencia lógica de mis acciones durante el año ante la incertidumbre y dentro de mis limitaciones -que son muchas-, así que tampoco suelo ser demasiado duro conmigo mismo.

A modo de resumen y para no aburriros con detalles, diré que en la lista de diez objetivos que hice a principios de enero había básicamente dos grupos de objetivos:

  1. Objetivos relacionados con solucionar cagadas del pasado y cuidarme de meterme de nuevo en problemas.
  2. Objetivos profesionales y creativos relacionados con el desarrollo de aplicaciones.

Y puedo decir que el año ha ido muy bien respecto a los objetivos del primer grupo, pero bastante mal respecto a los objetivos del segundo de los que prácticamente no he podido cumplir ninguno.

La verdad, me habría preocupado mucho más si el resultado hubiese sido el inverso puesto que a estas alturas sé perfectamente que no soy capaz de desarrollar nada sin tener la mente en mi sitio, y esa “tranquilidad” dependía completamente de la consecución de los objetivos del primer grupo, todos ellos básicos y urgentes.

Tanto es así que a principios de abril tuve que tomar la decisión de abandonar mis actividades de desarrollo de aplicaciones, puesto que el desgaste mental que me estaba provocando el hecho de avanzar tan lenta y torpemente -por falta de tiempo y de energía- estaba empezando a poner en riesgo también el cumplimiento de los objetivos del primer grupo.

Creo que esa fue la decisión correcta, pues aunque el precio pagado ha sido la congelación de xeleh software durante casi un año, lo que he conseguido a cambio me ha permitido recuperar esa claridad de ideas que echaba en falta, lo que a su vez me ha ayudado a comprender por qué cometí ciertos errores básicos en el pasado y de dónde procedía esa sensación de “mediocridad” que me venía acompañando estos últimos años.

Ahora, después de haber hecho limpieza de cagadas y de haber recuperado “mi mente”, me siento preparado para volver a intentarlo con la tranquilidad de saber que pase lo que pase estaré bien y con ese extraño optimismo propio de aquellos que nos hemos equivocado muchas veces.

Por eso, cuando reviso lo que ha dado el año de sí, no puedo más que estar satisfecho tanto por lo que he logrado como por haber “crecido” respecto al año pasado, algo que era realmente importante para mí.

2012

El próximo año será para mí como una segunda parte de este 2011, es decir, no me voy a marcar apenas objetivos nuevos sino que seguiré trabajando en los objetivos de este año que no pude cumplir.

Eso, por supuesto, sin olvidarme de que también debo alimentar los “medios” gracias a los cuales he podido recuperar la tranquilidad y la puedo seguir manteniendo, lo que significa que seguiré volcado en terminar con éxito el proyecto de la startup para la que llevo trabajando ya más de un año, pero que también me las apañaré para poder sacar adelante todos esos proyectos de desarrollo propios que tuve que abandonar este año.

Para conseguirlo tendré que hacer las cosas de una manera distinta a como las he venido haciendo hasta ahora, porque aunque las circunstancias con las que arranco este año son mejores que las del año pasado -especialmente lo de que me funcione cien veces mejor el tarro-, existe todavía el riesgo de que mi capacidad actual siga siendo insuficiente para abarcar todos los aspectos del desarrollo de una aplicación, que son muchos.

Por eso, creo que a partir de enero probaré nuevas fórmulas de trabajo intentando contar desde el principio con personas más capaces técnicamente que yo, de forma que me sea posible contribuir a los proyectos de una manera más efectiva, menos como programador y más como un productor capaz de escuchar y con los suficientes tiros pegados como para saber qué hacer y qué no hacer en cada momento.

En fin, sospecho que 2012 será un año apasionante…

Steve Jobs

image

A mediados del 2008, días después de mi acuerdo de despido en aquella empresa que hizo valer el Principio de Peter conmigo, Apple presentaba el iPhone 3G y la App Store en una keynote antológica que me marcó profundamente.

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Allí estaba yo, totalmente entregado, disfrutando el vídeo de la keynote con una emoción que no recordaba haber sentido desde los tiempos del Amiga y la demoescena, 15 años atrás.

Fue un momento mágico, porque justo después de asimilar todo lo que Steve desveló aquel día, supe por fin no sólo cuál sería mi siguiente paso en la vida sino también cuál sería mi misión en este mundo: yo sería desarrollador de aplicaciones, de esa clase de aplicaciones que hace que te sientas bien utilizándolas.

Fue Steve Jobs. Fue él quien puso esa idea en mi cabeza.

Poco después, en julio, una empresa me hizo una oferta para que construyera y dirigiera un departamento de desarrollo de software para móviles, justo el trabajo que la anterior empresa para la que había trabajado se encargó de tirar por el retrete en cuanto lo hube terminado, una historia triste y para contar en otro momento.

Después de pensármelo mucho, acepté y me propuse hacerlo bien, pero ni el sueldazo, ni las increíbles condiciones que me ofrecieron allí -horario libre, 30 horas semanales-, ni tan siquiera los buenos compañeros con los que tuve la suerte de trabajar pudieron evitar que me olvidase de aquella idea. 

La sensación de estar perdiendo un tren, aquel tren increíble que Steve me mostró, se hacía más y más grande cada día que pasaba, hasta que finalmente llegó el momento en que se me hizo insoportable tener que mirarme cada mañana al espejo sabiendo que ese día tampoco trabajaría para conseguir mi sueño.

Fue entonces, a principios de octubre, cuando dejé aquel trabajo para dedicarme por entero al desarrollo de aplicaciones. Y fue, lo recuerdo bien, uno de los momentos más maravillosos de mi vida porque, aunque lo que vino después fue duro (recuerdo que me costó bastante adaptarme tanto a Mac OS X como a Objective-C), en el fondo me sentía muy bien conmigo mismo porque por primera vez en mucho tiempo había vencido al miedo y en mi “locura” estaba haciendo exactamente lo que quería hacer con mi vida.

Y el resto, como se suele decir, es historia. Momentos buenos, momentos malos y muchos errores cometidos por el camino que a la larga me han ayudado a ser mejor, a estar mejor preparado para la adversidad. Algún día, cuando sea el momento apropiado, también contaré esa parte de la historia.

En la actualidad mi vida es algo distinta a la de aquel ser libre de finales de 2008 porque al final uno siempre acaba pagando las consecuencias de sus errores, pero ni mucho menos me he rendido: todavía me sigue guiando la misma idea, aquella que Steve puso un día en mi cabeza

Gracias, Steve.

Febrerillo loco

A principios del mes pasado tuve un accidente de moto mientras iba hacia mi trabajo. Había niebla espesa -muy espesa- pero aún así decidí ir en moto a trabajar, como venía haciendo desde que la temperatura había subido a finales de enero. Mala decisión…

Cuando pienso en ello siempre concluyo que tuve una suerte increíble. Aparte del susto, sólo sufrí lesiones de importancia en manos y muñecas, llevándose la peor parte el brazo izquierdo, en el que tuve que llevar una férula durante un par de semanas. Nada roto. Nada que no se vaya a solucionar con un poco de descanso.

Los daños a la moto también fueron mínimos (la defensa doblada por el impacto contra el suelo). Tanto es así, que la moto está ya arreglada y hasta he tenido la oportunidad de conducirla otra vez para comprobar que no le he cogido ningún miedo. De hecho, amenazo con seguir adelante con mis planes de comprarme una moto más grande este verano.

Pero Febrero todavía me tenía guardada una más…

Pasadas tres semanas, cuando ya me habían quitado la molesta escayola (trepidante aventura que conté en twitter) y comenzaba a recuperar el tiempo perdido, me encontré una tarde al llegar a casa del trabajo otro regalito: un charco considerable de agua saliendo desde la puerta de mi apartamento… “habemus inundación”.

Entré rápidamente y usando el iPhone como linterna (porque la electricidad se habría cortado debido seguramente a los cables eléctricos que suelo tener por el suelo) pude comprobar que el origen del agua era algún tipo de fuga en el depósito del termo eléctrico que, como me confirmaría el perito del seguro después, había reventado literalmente.

Cerré la llave general. Hablé con los propietarios del piso. Hablé con una amiga sobre lo sucedido para relajarme un poco y después simplemente me puse a achicar agua usando cepillo, fregona y toallas. Unas tres horas de intenso trabajo después, el suelo estaba seco y volvía a tener electricidad. De nuevo, nada que lamentar. Acabé el día con una agradable cena en casa de mi amiga y pude dormir en mi apartamento como si nada hubiese pasado a excepción de tener el agua cortada.

Fueron unos cuantos días de molestias, pero el asunto está ya practicamente solucionado gracias a la diligencia de mis caseros en sustituir el termo estropeado por otro nuevo y ahora sólo estoy a la espera de que los de seguro -unos auténticos ineptos, creedme- se ocupen de arreglar el resto de daños.

En fin, a pesar de que ha sido un mes movido y de que este tipo de accidentes quieras o no acaban teniendo repercusión en tu trabajo -que llevo algo retrasado- estoy contento por la forma en que me he tomado todo lo que ha pasado. Para mí, una demostración más de lo fuerte y equilibrado que estoy en estos momentos de mi vida.

Avanzando

Han pasado tres meses desde qué llegué a Sevilla. Me siento bien, confiado y con la sensación de estar avanzando en la resolución de algunos asuntos que nunca debí dejar que tomasen las dimensiones que han tomado. Serán historia pronto, muy pronto.

Nunca es fácil empezar de nuevo, pero debo decir que esta vez me ha costado mucho menos que en aventuras anteriores. En eso tendrá mucho que ver la experiencia acumulada (Madrid, Barcelona, Málaga, Córdoba), por supuesto, pero creo que la verdadera razón es la mucha y buena ayuda que he estado recibiendo desde que llegué. Sin esa ayuda, posiblemente mi estado actual no sería el mismo.

Me he encontrado con personas que creen en lo que hacen y que creen que yo les puedo ayudar a conseguir grandes objetivos. Y eso, viniendo de una etapa oscura, marcada por fracasos, contradicciones y gente con miedo a vivir, ha sido como un salvavidas al que no podía sino agarrarme; estoy realmente agradecido y me considero un privilegiado por tener esta oportunidad.

Pero el conflicto interior continúa. En un rincón del cuadrilatero está aquella versión de mi que etiqueté como “brillante” recibiendo una paliza a manos de algo que creo identificar como la aceptación de mi propia mediocridad, un sentimiento que me hace creer que, por alguna razón, “ya” (tengo 33 años) es tarde para volver a ser un “monstruo” en cuestiones técnicas.

Yo, que con 16 años escribía programas en ensamblador como el que hace la lista de la compra. Yo, que diseñé, programé y documenté no una, sino dos enormes APIs de programación de juegos en Java. Yo, que sin haber recibido la formación requerida dirigí un departamento de Programación, seguido de otro de Calidad y que aún vivo para contarlo. Yo.

Estoy avanzando, pero no tanto como me gustaría. Debo librarme cuanto antes de mis estigmas, recuperar aquella inconsciencia infantil que me animaba a ser el mejor en todo lo que me proponía y simplemente volver a brillar.

Lo próximo

Se avecina una nueva etapa en mi vida, una etapa que se lleva gestando desde que salí de Málaga hace un año y que comenzará oficialmente la próxima semana en cuanto aterrice en mi nuevo lugar de residencia: Sevilla.

He sido contratado por una empresa para pensar; para diseñar soluciones simples a problemas que muchos consideran complejos. Un trabajo cuyos resultados serán más importantes que visibles y donde no habrá medallitas, pero que sin embargo considero lo bastante atractivo como para haberle dado y darle prioridad sobre mis actividades emprendedoras, aunque sin cancelar estas últimas (al menos por el momento).

Es también un reto pendiente: en Gextech podría haber trabajado en algo similar en mi última etapa si la directiva y algunos de los mandos intermedios no hubiesen estado ocupados haciendo méritos para salir en una tira de Dilbert. Por suerte, esta nueva empresa promete ser un sitio bien distinto donde hasta se entiende que las casas no se construyen por el tejado y sin obreros cualificados.

Mi plan es hacerlo bien, muy bien. Quiero ayudar a que este barco en el que ahora viajo llegue a buen puerto y después seguramente me tome un descanso para decidir bien mi siguiente paso. No quiero planear mucho más, en realidad todo va a depender de las motivaciones que tenga llegado el momento.

Entretanto, y dado que este empleo no implica exclusividad y que sigo con las mismas inquietudes emprendedoras, tengo intención de continuar trabajando en segundo plano (otra forma de decir los fines de semana) en busca de ese éxito que todavía se me resiste.

Adiós, Facebook

He cancelado por fin mi cuenta en Facebook. Hacía tiempo que se me había metido la idea en la cabeza pero por unas cosas o por otras siempre parecía que no era el mejor momento para hacerlo. Bien, ahora ya está hecho.

Estos últimos días los he pasado en Málaga y entre los muchos momentos de ocio que he disfrutado también he encontrado un hueco para reflexionar y convencerme a mí mismo de que tengo que solucionar ya algunas cosas en mi vida. No me refiero a un “estaría bien” sino a un compromiso firme para alcanzar objetivos que me acerquen a algo que hace tiempo que no siento: paz.

Encontrarse en paz hoy en día no es fácil, pero una cosa que siempre ayuda es apartarse del ruido. Te vas a la playa, mantienes unos segundos la cabeza debajo del agua y automáticamente te sientes mejor. Llegan las tres de la mañana, los coches dejan por fin de circular por esa carretera a la que da tu habitación y de repente puedes pensar con claridad.

Facebook es ruido. Quieren vendernos que es una herramienta para estar en contacto con tus “amigos” (otro día hablaremos de estas comillas) pero al final es sólo una herramienta que permite a unos pocos ganar dinero mientras unos muchos generan ruido: información ni relevante ni solicitada.

Si alguien quiere realmente mantener el contacto conmigo, puede enviarme un email, llamarme por teléfono o proponerme una conversación por mensajería instantánea. Si alguien quiere realmente seguir sabiendo de mí, puede leer lo que escribo aquí o en otras redes sociales donde el ruido todavía no es tan intenso:

twitter
linkedin

Sociedad

Una de las cosas que no se notan que estoy haciendo últimamente es la de intentar montar un negocio serio en mi tiempo libre.

Hoy he descubierto en mi bandeja de borradores un correo que parece que me escribí a mí mismo hace algún tiempo y que tiene mucho que ver con este asunto. Su contenido es el siguiente:

¿Qué me hace falta a mí para ser parte de una sociedad?

1. Una idea de negocio cuya ejecución esté a nuestro alcance.
2. Socios comprometidos y responsables.
3. Tener la posibilidad de aportar algo en la ejecución de dicha idea.
4. Un acuerdo entre los socios que delimite derechos y responsabilidades de cada uno.

La dificultad de montar un negocio en los tiempos que corren no está sólo en la idea, en su ejecución, o en el capital que uno sea capaz de levantar.

Lo realmente difícil es convencer a las personas idóneas de que merece la pena sacrificar el corto plazo, siempre tan urgente, para poder construir el futuro que realmente quieren.

Lecciones aprendidas

1. La mente lo es todo.
"Tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes, estás en lo cierto” es la frase que mejor resume este punto. El peor de los enemigos que puedes tener eres tú mismo, y en concreto toda la mierda limitante que puedes llegar a meter en tu mente. Cree en tí, siempre.

2. El tiempo no pasa en balde.
Poco a poco nos hacemos más lentos, menos ágiles y tardamos más en recuperarnos de los grandes esfuerzos, en el caso de que todavía podamos acometerlos. Nosotros tampoco estamos a salvo de la entropía, así que procura contrarrestar lo inevitable cuidándote todo lo que te sea posible.

3. Solo no puedes, con amigos sí.
Esto, que en mi infancia llegó a ser un mantra gracias a “La bola de Cristal”, es una verdad como un templo. Te puedes empeñar en currártelo todo tú solito pero de esa forma sólo podrás llegar hasta ciertos niveles. A no ser que te autolimites continuamente, lo cual acaba siendo siempre una fuente de frustración, antes o después necesitarás ayuda. Si eres un paranoide de mierda, mejor que te lo vayas mirando.

4. Sólo ganarás dinero cuando hagas ganar dinero a otros.
Relacionada con la anterior. Esta es una deducción propia que realmente no puedo o no me apetece explicar de una forma argumentada. Es una idea que simplemente vino a mí tras fracasar en algunos de mis proyectos y encontrar que la clave para evitar que eso hubiese ocurrido estaba precisamente en haber puesto mi dinero en los bolsillos de las personas adecuadas. Quizás la próxima vez no cometa el mismo error.

5. La vida es demasiado corta.
Deja de leer blogs, idiota.

Aunque no sé para qué

Aquel día pude oír
cómo mi alma gritaba
y se acorralaba.
Y no fue en ese instante,
sino en otro,
cuando comprendí
lo lejos, lo tarde, lo tonto… 

Y de nuevo,
me dediqué a pensar
en planetas extinguidos,
en oscuras tradiciones,
en colinas ya olvidadas
y en romper más corazones.
Aunque no sé para qué…

Escape

Agosto de 2000, en una conversación por chat con un amigo en Córdoba, desde Madrid:

- Algunos amigos te hacen unas carambolas brutales… a ti te conocí cuando estabas en plena gilipollez novietil y, al final, te has largado de la ciudad.

- Ya, tío, algún día tenía que ser… iba en serio cuando te decía que quería escapar de allí.

Espero conseguirlo.

Blog #5

Esta debe ser como la quinta vez que me monto un blog. Antes de esto probé con blogger, con wordpress, con posterous y hasta me hice un pequeño desarrollo a medida en PHP… finalmente me quedo con tumblr.